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12.11.08

Un intento de explicar la crisis (III)

Las normas de solvencia (Basilea II) obligan a que cada tramo de fondos propios tenga una cierta dimensión en función de cada tipo de activo (los Tier).

Para mantener su solvencia, las entidades financieras tenían que vender activos o ampliar capital forzadas y diluir la participación de los accionistas, que es habitualmente lo menos deseado.

Como el mercado en que se negociaban los préstamos “subprime” titulizados estaba paralizado, las entidades financieras comenzaron a vender otros activos.

Esa venta de otros activos (recordemos el tamaño del mercado de préstamos “subprime” titulizados que había que depreciar, fruto de la normativa contable) hizo que el precio de los activos comenzara a bajar.

A medida que bajaba el precio de los activos, las entidades financieras tenían que depreciar el valor de sus activos en sus balances, dañando sus ratios de solvencia o bien vender activos para intentar mantener los ratios de solvencia o bien aplicar esotéricos modelos de valoración de activos que ya no tenían liquidez porque ya no existía un mercado para ellos.

Y así fueron entrando en una espiral de depreciación de activos, venta de activos, rebaja del valor de los activos, depreciación de activos, venta de activos, etc.

En esa espiral, los mercados se fueron cerrando para los activos peores.

Lógicamente, el mercado sólo quería activos buenos y esos eran los que se iban depreciando a causa de la venta masiva.

Como ingrediente añadido, la progresiva bajada en la valoración de los activos hacía menos interesante financiar la compra de activos (especialmente inmobiliarios) y eso fue restringiendo la oferta de crédito, además del propio interés de las entidades en reducir sus activos y no en aumentarlos, que es lo que ocurre cuando presta.

Al igual que en el caso de los activos financieros, se fue “cerrando el crédito” progresivamente en función del destino del crédito, comenzando por los destinos “peores”: inmobiliario, corporativo, financiero, consumo, etc

Se fueron cerrando o haciendo ilíquidos los mercados mayoristas: cada vez las transacciones se iban reduciendo a activos de mejor calidad y, en todo caso, sus valoraciones iban cayendo, con lo que continuaba el círculo vicioso. Incluso las titulizaciones hipotecarias de entidades españolas no encontraban mercado, por lo que el ICO salió a avalarlas aplicándose el “rating” del Reino de España.