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11.11.08

Un intento de explicar la crisis (II)

Los últimos datos del BCE referidos a septiembre indican que la M3 crece a un ritmo del 8,6% anual en una zona euro que crece a menos del 4% a precios corrientes.

Como dice la vieja Escuela de Salamanca, una cosa vale lo que alguien está dispuesto a pagar por ella y había mucha dispuesta a pagar precios más altos porque había financiación para ello.

Y subieron los precios de prácticamente todos los activos, en particular inmobiliarios y acciones. En España y en todo el mundo.

En Europa se instauró una nueva normativa contable (cuya filosofía ya se practicaba en EEUU) que consagró la valoración a precios de mercado (“Mark to Market”), en particular cuando se trata de activos que cotizan en mercados. A diferencia, por ejemplo, del Plan General Contable español que, basado en la prudencia, obligaba a contabilizar a coste histórico (coste de adquisición que se va amortizando).

Eso hizo que el aumento de las valoraciones de activos se convirtiera en beneficios contables, balances más saneados y más facilidad para obtener préstamos (es el caso de las inmobiliarias y sus operaciones corporativas).

A pesar de que se instauraron reglas de solvencia para las entidades financieras (provisiones del Banco de España, Basilea II), se seguía creando dinero, mucho dinero.

Cada vez se creaban más Hedge Funds, los fondos de inversión tenían problemas para invertir tanta liquidez y buscaban activos en los que invertir.

Las propias valoraciones de los bancos crecían y crecían por los beneficios que generaba la operativa de creación de dinero y por el aumento de precios de los activos.

Así, era fácil para las entidades captar dinero mediante ampliaciones de capital, emisiones de deuda y el propio efectivo que se iba generando en el sistema.

La abundancia de liquidez y lo redondo del sistema de creación de dinero mediante la venta de préstamos se fue exacerbando. A estas alturas, creo que todos conocemos las hipotecas “subprime”.

Y, en un momento dado, algo pinchó.

A partir de ese momento, la regla contable de “valoración a precios de mercado” mostró toda su crudeza.

Se paralizó el mercado en que se negociaban los préstamos “subprime” titulizados. No se fijaba precio y, por tanto, no había forma de valorar a precios de mercado esos préstamos. Y, cuando se cruzaban operaciones, era a precios muy inferiores a los habituales.

Las entidades financieras que tenían en su activo esos préstamos (normalmente en papel representativo de numerosas hipotecas, fruto de las titulizaciones) se vieron obligadas a valorarlos a precios inferiores.

Como su activo se reducía (menor valoración) y el pasivo permanecía igual, la “variable de ajuste” sólo podían ser los fondos propios. Es decir, se estaban viendo obligadas a provisionar y reducir beneficios o presentar pérdidas.

Y así ocurrió en EE.UU.. Pero sus efectos tenían que llegar a la UE aun con algunos meses de decalaje, porque los mecanismos de funcionamiento del mercado y el sistema financiero son iguales.